domingo, 31 de mayo de 2020

DOMINGO DE PENTECOSTÉS

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 20, 19-23

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

-- Paz a vosotros

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

-- Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.

Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:

-- Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

 

HOMILÍA

Hoy hace cincuenta días que estábamos celebrando la resurrección del Señor. Durante este tiempo de Pascua, hemos estado celebrando que Cristo venció a la muerte y que nos dio una nueva oportunidad para poder hacer nosotros lo mismo.

Hoy, domingo de Pentecostés, celebramos que la Iglesia comienza a caminar sola, o más bien acompañada por un defensor, por una fuerza increíble, la del Espíritu Santo.

Hace un tiempo me contaban una anécdota que le pasó a un sacerdote. Estaba conversando con el dueño de una fábrica de jabones, y éste le decía que no creía que el Espíritu Santo sirviera para nada, porque él veía a muchos cristianos, bautizados, con el Espíritu Santo y que eran muy malas personas. Ante esto el sacerdote le repuso, “entonces yo creo que su jabón tampoco sirve para nada, ya que veo a muchas personas que van muy sucias”. El hombre le contestó: “eso no es problema del jabón, sino de que no lo usan”, “pues lo mismo pasa con el Espíritu Santo”, repuso el sacerdote, “si no dejan que actúe en ellos no puede hacer nada.

Efectivamente, esa es la fiesta que celebramos hoy, una fiesta en la que se nos recuerda que recibimos un día el Espíritu Santo, en nuestro bautismo, en nuestra confirmación, pero que si no dejamos que él actúe en nosotros, no servirá de nada.

Nosotros creemos en un Dios Todopoderoso, pero a la vez en un Dios que cree en la libertad de cada uno para aceptarlo o no. No impone, no lo hace a la fuerza. Por eso hoy no vuelve a recordar que está con nosotros, esperando que le dejemos actuar en nuestras vidas, que no tiene prisa, y sí una paciencia infinita. Que siempre estará con los brazos abiertos esperando a que dejemos que entre e nuestras vidas, que transforme nuestro ser.

Que el Espíritu Santo entre en nuestros corazones, que nos dé su fuerza, pero sobre todo que nos dé luz para dejarnos guiar por él por los caminos del amor. Un amor infinito que Dios nos tiene y que nosotros debemos tener por los demás.

FELIZ DOMINGO Y QUE DIOS OS BENDIGA.


domingo, 24 de mayo de 2020

SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR


LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 28, 16-20
En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban. Acercándose a ellos, Jesús les dijo:
-- Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.
HOMILÍA
Cuando el Señor subió a los cielos, que es la fiesta que celebramos hoy, la Ascensión, sucedieron dos cosas fundamentales. La primera, que Jesucristo colocó nuestra naturaleza a la derecha del Padre, o lo que es lo mismo que nos abrió el camino para gozar de su gloria. Y segundo, que dejó el destino de este mundo en nuestras manos, unas manos frágiles, imperfectas.
Id al mundo entero y predicad el Evangelio, fue lo último que les dijo a los apóstoles, y es lo mismo que nos vuelve a decir a nosotros, día tras día. Pero la verdad es que por mucho que seamos cristianos y que queramos hacerlo, nos cuesta muchísimo llevarlo a cabo.
Seguro que cada uno de nosotros tiene una razón, o muchas, para cada día no vivir como cristiano, pero yo creo que hay una que todos compartimos. Os lo explico con un cuento: Un rey recibió como obsequio dos pichones de halcón y los entregó al maestro domador para que los entrenara. Pasados unos meses, el instructor comunicó al rey que uno de los de los halcones estaba perfectamente educado, pero que el otro no sabía lo que le sucedía: no se había movido de la rama desde el día de su llegada al palacio, a tal punto que había que llevarle el alimento hasta allí.
El rey mandó llamar curanderos y sanadores de todo tipo, pero nadie pudo hacer volar al ave. Encargó entonces la misión a miembros de la corte, pero nada sucedió. Por la ventana de sus habitaciones, el monarca podía ver que el pájaro continuaba inmóvil. Publicó por fin un edicto entre sus súbditos, y, a la mañana siguiente, vio al halcón volando ágilmente entre los jardines.
Tráiganme al autor de este milagro, dijo. Enseguida le presentaron a un campesino. ¿Tú hiciste volar al halcón? ¿Cómo lo hiciste? ¿eres mago, acaso?. Entre feliz e intimidado, el hombrecito solo explicó: "No fue difícil, su alteza, solo corté la rama. El pájaro se dio cuenta que tenía alas y se largó a volar".
Esta es la verdadera razón por la que nos cuesta tanto trabajo llevar a cabo la última recomendación del Señor, estamos tan apegados a nuestra rama, a nuestra vida, a nosotros mismos, a lo que tenemos, a la gente que nos rodea, que no somos capaces de desprendernos de muchas de ellas para poder llevar el mensaje del Evangelio. Y no me refiero a irnos de misiones, ni nada de eso, sino a ser libres para poder darnos a los demás.
Lo que ocurre, es que querer cumplir el Evangelio siempre trae complicaciones. En vez de estar pensando solo en mi y en los míos, debo pensar en los que ni siquiera conozco. En vez de perdonar y hacer un esfuerzo, es mejor olvidar a esa persona y borrarla de mi vida. En vez de amar a aquellos que no me aman, es más fácil amar a los que si me aman.
Es más fácil seguir agarrado a mi rama, que alzar el vuelo, y dejarme llevar por el viento del Espíritu que me hace llamar a Dios Padre, y a todos los que me rodean, hermanos, más aún, hermanos amados.
FELIZ DOMINGO Y QUE DIOS OS BENDIGA.

domingo, 17 de mayo de 2020

DOMINGO SEXTO DE PASCUA


LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 14, 15-21
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-- Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque vive con vosotros y está con vosotros. No os dejaré huérfanos, volveré. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy con mi Padre, y vosotros conmigo y yo con vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él.

HOMILÍA
Cuentan que un hombre, profundamente creyente, tuvo una crisis de fe. No sabía dónde encontrar a Dios, y se fue directo a la Iglesia. Llegó y empujó la puerta, pero esta no se abría. Se fue a la puerta lateral, y esta también estaba cerrada. Entonces miró hacia arriba y vio un letrero donde ponía: “no te esfuerces, yo estoy ahí afuera”.
Esa es una gran lección que continuamente se nos olvida, y que hoy nos viene a recordar el Evangelio: “yo estoy con mi Padre, y vosotros conmigo y yo con vosotros”. Nos empeñamos continuamente en buscar a Dios en todas partes, y no sabemos que lo tenemos muy cerca, que está dentro de nosotros, dentro de las personas que nos rodean.
El Señor no quiere edificios de ladrillo, no quiere grandes casas, lo único que quiere es un corazón donde se le acoja de verdad, es ahí donde realmente se siente a gusto. Un corazón capaz de amarle a Él amando a los demás.
Nos empeñamos continuamente en buscarle en cosas sin vida, en edificios, en imágenes, y claro está, no lo encontramos. Si las iglesias estuvieran vacías de gente, serían sólo edificios bonitos, pero sin ningún sentido. Lo que hace grandes a las iglesias, son los corazones que las llenan, que les dan vida, que les hacen vibrar.
Busquemos a Dios allí donde podamos encontrarlo, amémoslo allí donde Él se encuentra, dejemos que él habite nuestra casa, que él se quede con nosotros, porque le preparemos el mejor sitio que tengamos, nuestro corazón. Porque un corazón lleno de Dios, se hace más grande para acoger a todos los que nos encontramos en nuestra vida, pero un corazón lleno de nosotros, se empequeñece, hasta tal punto que sólo nosotros podemos estar dentro.
Pidámosle a Dios que engrandezca nuestro corazón, como lo hizo con María, que en este mes de mayo, nos ha recordado que cuanto más nos entreguemos a Dios, más podremos entregarnos a los demás.
FELIZ DOMINGO Y QUE DIOS OS BENDIGA.

domingo, 10 de mayo de 2020

DOMINGO QUINTO DE PASCUA


LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 14, 1-12
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-- Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no, os lo habría dicho, y me voy a prepararos sitio. Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino.
Tomás le dice:
-- Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?
Jesús le responde:
-- Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.
Felipe le dice:
-- Señor, muéstranos al Padre y nos basta.
Jesús le replica:
-- Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: "Muéstranos al Padre"? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre.


HOMILÍA
Cuentan que un muy buen hombre vivía en el campo, pero tenía graves problemas físicos.
Un día se le apareció Jesús y le dijo:
“Necesito que vayas hacia aquella gran roca de la montaña y te pido que la empujes día y noche durante un año”.
El hombre quedó perplejo cuando escuchó estas palabras, pero obedeció y se dirigió a hacia la enorme roca de varias toneladas que Jesús le mostró. Empezó a empujarla con todas sus fuerzas, día tras día, pero no conseguía moverla ni un milímetro.
A las pocas semanas llegó el demonio y le puso pensamientos en su mente:
“¿Por qué sigues obedeciendo a Jesús?. Yo no seguiría a alguien que me haga trabajar tanto y sin sentido. Debes alejarte, ya que es absurdo que sigas empujando esa roca que nunca vas a lograr mover”.
El hombre trataba de pedirle a Jesús que le ayudara para no dudar de su voluntad, y aunque no entendía, se mantuvo en pie con su decisión de empujar. Con los meses, desde que se salía el sol hasta que se ocultaba, aquel hombre empujaba la enorme roca sin poder moverla. Mientras tanto, su cuerpo se fortalecía, sus brazos y piernas se hicieron cada vez más fuertes con el esfuerzo de todos los días.
Cuando se cumplió el tiempo, el hombre elevó una oración a Jesús y le dijo:
“Ya he hecho lo que me pediste, pero he fracasado, no pude mover la piedra ni un sólo centímetro”.
Y se sentó a llorar amargamente, pensando en su muy evidente fracaso.
Jesús apareció en ese momento y le dijo:
“¿Por qué lloras?. ¿Acaso no te pedí que empujaras la roca?. No has fracasado. Yo nunca te pedí que la movieras, sino que la empujaras. En cambio mírate: tu problema físico ha desaparecido”.

Seguir a Jesucristo como nuestro camino, nuestra Verdad y nuestra Vida a veces resulta difícil, y muchas veces incomprensible para nosotros. Nos encontramos con momentos de desesperación, con momentos de duda, con momentos de total oscuridad, porque el camino que Jesús nos plantea no es otro que el de ser un reflejo suyo, tal y como él era un reflejo del Padre. Y esa no es una tarea fácil. Pero no por eso carece de sentido.
La tarea de mostrar la imagen de Dios en nuestra vida, nos lleva a ser amor con los que nos rodean, a ser corazones abiertos que acogen, a ser personas comprensivas, a ser personas que perdonan. Y eso nunca es fácil, ni siquiera fácil de entender, porque los caminos que el Señor nos presenta sólo los entenderemos desde la mentalidad propia de Dios.
Lo único que a nosotros nos queda es confiar plenamente en aquel que ha dado su vida por nosotros y no perder nunca la esperanza. Al final del camino encontraremos el sentido, encontraremos la respuesta a nuestras dudas, encontraremos a Dios esperando con los brazos abiertos para amarnos, para que gocemos de su casa, para que disfrutemos de su presencia.
FELIZ DOMINGO Y QUE DIOS OS BENDIGA.

domingo, 3 de mayo de 2020

DOMINGO CUARTO DE PASCUA


LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 10, 1-10
En aquel tiempo, dijo Jesús:
«En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda, y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».
Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús:
«En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.
Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.
El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».


HOMILÍA

Al final de la cena, en un castillo inglés, un famoso actor de teatro, entretenía a los huéspedes recitando textos de Shakespeare. Luego se ofreció a que le hicieran peticiones.

Un sacerdote muy tímido preguntó al actor si conocía el salmo 22. El actor respondió:
- Sí, lo conozco. Y estoy dispuesto a recitarlo sólo con una condición: que después también lo recite usted.

- El sacerdote se sintió un poco incómodo pero accedió a la propuesta. El actor hizo una bellísima interpretación, con una dicción perfecta de “El Señor es mi Pastor, nada me falta…”. Los huéspedes aplaudieron vivamente y con entusiasmo. Realmente era un excelente actor.

Luego llegó el turno del sacerdote, que se levantó y recitó las mismas palabras del salmo 22. Esta vez, cuando terminó, no hubo aplausos, sólo un profundo silencio y lágrimas en bastantes rostros.

El actor se mantuvo en silencio algunos instantes. Luego se levantó y dijo:
- Señoras y señores, espero que se hayan dado cuenta de lo que ha ocurrido esta noche. Yo conocía el Salmo, pero este hombre conoce al Pastor.

Estamos en el domingo del Buen Pastor, el Señor se presenta como el pastor, como la puerta, dos imágenes preciosas de lo que debe ser para nosotros Cristo, pero también de lo que debemos ser nosotros para los demás.
Vivimos en un mundo que pide auténticos pastores. Personas que con su forma de vivir, sean ejemplo y modelo para los más jóvenes, para las personas de su alrededor. Y somos nosotros, los cristianos, los que podemos dar a los demás una forma de vida distinta, una forma de vida que conduzca a la felicidad.
Nosotros debemos ser esos pastores y esas puertas, siempre abiertas, que conduzcan hacia Cristo. Y sólo lo podremos hacer si somos capaces de conocer profundamente a nuestro pastor, si somos capaces de entrar por la puerta que nos marca el camino. Una puerta que está formada por tres tablas: : una primera que exige creer en el Señor y se llama la fe. La segunda nos enseña a dejarnos guiar y a ser constantes, que se llama esperanza. Y una tercera que nos pide servicio, generosidad y entrega, y que se llama caridad. Tres tablas que a veces tienen forma de cruz porque amar, entregarse, ser generosos, creer y confiar no siempre es fácil ni agradable. Eso sí, con tablas como esas no nos equivocamos de puerta.
Abramos nuestro corazón de par en par, seamos una puerta a semejanza de Cristo, dejemos que los demás, a través de nosotros, puedan acercarse cada vez más a Cristo y a los hermanos.
FELIZ DOMINGO Y FELIZ SEMANA. QUE DIOS OS BENDIGA.

domingo, 26 de abril de 2020

DOMINGO TERCERO DE PASCUA


LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 24, 13-35
Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo:
--¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?
Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó:
--¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?
El les preguntó:
-- ¿Qué?
Ellos le contestaron:
--Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron.
Entonces Jesús les dijo:
--¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?
Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura. Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo:
--Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída.
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció. Ellos comentaron:
-- ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?
Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
--Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

HOMILIA

El relato de este domingo es uno de los más sublimes que hay en el Evangelio, por lo menos desde mi punto de vista. Con una sencillez tremenda y con cuatro detalles, el evangelista nos muestra todo el misterio de la resurrección de Jesús, y toda la grandeza de nuestra vida cristiana.
Más que mostrarnos un episodio que pasara después de la resurrección, el evangelista quiere, a través de este relato, mostrarnos el futuro. Un futuro que debe estar plagado de encuentros con el resucitado, de encuentros con nuestro Dios.
Una vez un hombre susurró: “Dios, dime algo”. Y un árbol cantó.  Pero el hombre no escuchaba. Luego, el hombre habló más alto pidiendo: “¡Dios, háblame!”. Y el viento silbó a su alrededor. Pero el hombre no oía. El hombre miró a su alrededor y gritó: “¡Dios, déjame que te vea!”. Y una estrella se encendió con fuerza en el cielo. Pero el hombre no veía. Entonces, el hombre gritó: “¡Dios, muéstrame un milagro!”. Y en ese momento un niño nació. Pero el hombre no lo supo. Luego, el hombre, ya desesperado, pidió a voces: “¡Tócame Dios, haz saber que estás aquí!”. Dicho esto, Dios bajó y lo tocó. Pero el hombre, sin darse cuenta, espantó la mariposa que volaba a su alrededor y continuó su camino creyendo que Dios no existía.
Este es el gran misterio de la resurrección del Señor, que nos quiere encontrar en las pequeñas cosas, en el día a día, en nuestro caminar diario, en las pequeñas cosas que debemos descubrir y saborear.
Un cristiano, debe ser capaz de descubrir a Dios en cada cosa, porque él no cesa de ofrecernos su cuerpo, de explicarnos las escrituras para que se nos abran los ojos y lo veamos en todo lo que nos rodea.
Abramos los ojos, descubramos al Señor y sobre todo amémosle en aquellos que nos rodean, ya que esta es la única forma de entender la resurrección y nuestra fe en ella.
FELIZ DOMINGO Y QUE DIOS OS BENDIGA.

domingo, 19 de abril de 2020

SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA


LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 20, 19- 31
Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
-- Paz a vosotros.
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
-- Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
-- Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
-- Hemos visto al Señor.
Pero él les contestó:
-- Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
-- Paz a vosotros.
Luego dijo a Tomás:
-- Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.
Contestó Tomás:
-- ¡Señor Mío y Dios mío!
Jesús le dijo:
-- ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su Nombre.

HOMILÍA

Érase una vez una familia feliz que vivía en una casita de los suburbios. Pero una noche se declaró un incendio en la cocina de la casa, un terrible incendio. Mientras las llamas se extendían, padres e hijos salieron corriendo a la calle. Entonces se llevaron un susto aún mayor: se dieron cuenta de que faltaba el más pequeño, un niño de cinco años. Al momento de salir, asustado por el crepitar de las llamas y por el acre olor del humo, había dado marcha atrás y había subido al piso de arriba.
¿Qué hacer?. El padre y la madre se miraron desesperados, las dos hermanas se pusieron a gritar. Aventurarse en aquel horno, todo llamas y humo, era ya imposible…Y los bomberos tardaban.
Pero de pronto, arriba de todo, se abrió la ventana de la buhardilla y el niño se asomó gritando de desesperación:
- ¡Papá! ¡Papá
El padre corrió y gritó:
- ¡Salta! ¡Tírate!
Mirando abajo, el niño sólo veía fuego y humo negro, pero sintió la voz y respondió:
- Papá, no te veo
- Te veo yo, y basta. ¡Tírate!
El niño saltó y se encontró sano y salvo en los brazos robustos de su padre, que le cogió al vuelo. Y todos se sintieron felices.
La fe no es cuestión de ver, ya se lo dijo el Señor a Tomás. La fe es cuestión de fiarse, de cerrar los ojos y dar un paso aún sin saber lo que le espera a uno. La fe es confiar en aquél que nos ha amado, que ha entregado a su hijo por nosotros, que ha muerto y resucitado simplemente porque nos ama.
Dichosos los que crean sin haber visto, y a pesar de no ver siguen adelante. Y a pesar de estrellarse muchas veces no se cansan de seguir caminando, de ¡seguir avanzando, de seguir saltando, porque saben que hay unos brazos fuertes que nos agarran, que nos sujetan.
En este tiempo de pandemia y confinamiento debemos ser siempre portadores de esa fe, que mostremos al mundo que no hacen falta pruebas empíricas ni que las cosas vayan bien para creer en aquel que continuamente nos da muestras de su existencia, de su amor por nosotros.
FELIZ DOMINGO Y QUE DIOS OS BENDIGA.