domingo, 4 de octubre de 2020

DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO

 

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 21, 33-43

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

-- Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje. Llegado el tiempo de la vendimia, envió sus criados a los labradores, para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último les mandó a su hijo, diciéndose: "Tendrán respeto a mi hijo." Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: "Éste es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia." Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron. Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?

Le contestaron:

-- Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores, que le entreguen los frutos a sus tiempos.»

Y Jesús les dice:

-- ¿No habéis leído nunca en la Escritura?: "La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente" Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos.

HOMILIA

Está claro que la parábola de hoy va dirigida al pueblo de Israel. Ellos eran la viña del Señor, pero no reconocieron a Jesucristo como su Mesías y se le quitó para dársela a un pueblo que diera sus frutos a su tiempo, se nos dio a nosotros los cristianos. Y aquí es donde viene la pregunta del millón. ¿Qué frutos estamos dando nosotros con la viña que el Señor nos ha dado?

Y ya no estoy hablando de nuestra familia, de nuestro9 pueblo, de nuestra vida, sino que miramos nuestro mundo, esa gran viña que el Señor nos ha dado, y ¿qué frutos estamos dando?

Algunos datos para que veamos los frutos que estamos dando:

El 10% de la población mundial posee el 86% de los recursos del planeta, mientras que el 70% más pobre (más de 3.000 millones de adultos) sólo cuenta con el 3%.

La riqueza mundial está dividida en dos sectores: la mitad está en manos del 1% más rico de la población, y la otra mitad se reparte entre el 99% restante.

El 40% de la población mundial vive con menos de 2 dólares/día; la esperanza de vida en África Subsahariana es de 31 años menos que en los países desarrollados, y cada año siguen muriendo 10,7 millones de niños y niñas por causa de la pobreza.

Os cuento una historia: El único sobreviviente de la inundación de un barco a causa de una terrible tormenta, fue llevado por las olas a una isla completamente deshabitada. El hombre, desesperado y sin saber qué hacer, rezaba continuamente a Dios pidiendo por su rescate. Todos los días miraba hacia al horizonte en busca de algún barco, pero nunca veía nada. Ni siquiera el indicio de una pequeña señal. Con el paso del tiempo perdió toda esperanza. Ya cansado decidió construir una pequeña choza con ramas secas para protegerse del viento y la lluvia, y además, guardar las pocas pertenencias que conservaba.

Pero un día, mientras escarbaba en el suelo en busca de algo de comida, vio sorprendido que su pequeña choza ardía en llamas: estaba siendo consumida por el fuego con todo lo que había dentro. La desesperación fue total. Ya no podía pasarle nada peor. Todo estaba perdido. El hombre estaba derrumbado: “¡Dios mío, cómo pudiste hacerme esto!”, exclamaba mientras lloraba amargamente. 

Al día siguiente, muy temprano, por la mañana, al hombre le despertó el sonido de un barco que se aproximaba a la isla.  ¡Venían a rescatarlo!

“¿Cómo supieron que estaba aquí?”, preguntó a los hombres que lo rescataron. “Tuviste suerte, - le contestaron – Vimos tus señales de humo”.

En la viña del Señor también hay muchas señales de humo, son todos esos datos que nos muestran que hay mucho trabajo por hacer y que de nosotros depende que vayamos a rescatarlos. Esos son los verdaderos frutos que se nos piden y ante esas señales no podemos cerrar los ojos o volver la cabeza, porque esta viña es responsabilidad de todos, y luego deberemos dar cuenta de nuestras obras.

Por eso pidamos hoy al Señor que esta viña que él ha puesto en nuestras manos seamos capaces de cuidarla y que todas las señales de humo que hay en ella aviven en nosotros el deseo de salir a rescatar a todas las personas que sufren y que en muchas ocasiones está en nuestra mano hacer algo por ellas.

FELIZ DOMINGO Y QUE DIOS OS BENDIGA.

domingo, 27 de septiembre de 2020

DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO

 LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 21, 28-32

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

--¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: "Hijo, ve hoy a trabajar en la viña". Él le contestó: "No quiero." Pero después recapacitó y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: "Voy, señor." Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?

Contestaron:

-- El primero.

Jesús les dijo:

-- Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia, y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no recapacitasteis ni le creísteis.

HOMILIA

Dos son las partes en los que podríamos dividir el Evangelio de hoy. Por un lado encontramos a los hijos, dos en los que las palabras son los que los pierden. Palabras que abundan mucho hoy en día y que sin embargo cada vez tienen menos sentido. Cuantas palabras desperdician los políticos, la sociedad y la Iglesia. Palabras que no llevan a ningún lugar, porque carecen de obras que las acompañen.

Nosotros no podemos ser cristianos de palabra, que se conformen con escuchar las palabras del cura, o con decir muchas palabras en la oración. Nosotros debemos ser cristianos de obras, personas que lleven a su vida lo que la palabra de Dios nos dice en el Evangelio. Pero está claro que ninguno de nosotros es perfecto, y que sabemos que por más que nos comprometamos a intentar cambiar de vida, se nos hace cuesta arriba. Y es ahí donde entra el segundo personaje. El padre representa a ese Dios, que a pesar de la negativa de su hijo a ir, no se desespera con él, sino que tiene paciencia.

Eses es nuestro Dios, un Dios siempre dispuesto a darnos una segunda oportunidad. Un Dios olvidadizo, de nuestras faltas.

Siempre que hablo de esto, me acuerdo de una anécdota que me contaron: Se decía en una aldea que una anciana señora era una vidente. El cura quiso averiguar la autenticidad de sus visiones. La llamó y le dijo: "La próxima vez que Dios te hable pídele que te revele mis pecados, que sólo Él conoce. La mujer regresó pocos días más tarde y el cura le preguntó si Dios se le había vuelto a hablar. Y, al responderle que sí, le dijo: "¿Y le pediste lo que te ordené? "Sí, lo hice" ¿Y qué te dijo? Dile al cura que he olvidado sus pecados".

Ese es nuestro Dios mostrémoselo al mundo, no solo de palabras sino de obras. Y para terminar os cuento otra anécdota: En un hospital una hermana había curado con infinita ternura a un paciente totalmente incrédulo. Nunca le pudo hablar de Dios ni de Jesucristo. Cuando le dieron de alta, este hombre le dijo a la religiosa: "Hermana, usted no me habló de Dios, pero hizo mucho más: me lo hizo ver".

FELIZ SEMANA Y QUE DIOS OS BENDIGA.

domingo, 20 de septiembre de 2020

DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO

 

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 20, 1-16

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:

-- El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: "Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido." Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: "¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?" Le respondieron: "Nadie nos ha contratado." Él les dijo: "Id también vosotros a mi viña."

Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz: "Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros." Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: "Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno." Él replicó a uno de ellos: "Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?" Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.

HOMILIA

Muchos estaréis pensando, y yo el primero, que lo que cuenta la parábola de hoy es una auténtica injusticia. A mí me hace alguien lo que le hizo el dueño de la viña a los trabajadores primeros y no sé lo que haría. ¿Cómo me va a pagar lo mismo a mí, que he estado trabajando todo el día, que a alguien que solo ha trabajado una hora?, no es justo.

Y es que la parábola de hoy no habla de justicia, no habla de lo que es justo o no. Habla de algo, que sin nombrarlo, llena toda la parábola. Habla de palabras que la mayoría de las veces no entran dentro de nuestro vocabulario, habla de perdón, de misericordia, de amor.

Ese es nuestro Dios, un Dios en el que el perdón y el amor priman por encima de la justicia humana. Lo que pasa es que estamos tan acostumbrados a regirnos por nuestras leyes, que se nos escapa que Dios no haga lo mismo. No acabamos de entender que para Dios un solo momento de arrepentimiento, está por encima de todo lo malo que hayamos podido hacer.

Por eso hoy se nos pide, que mostremos al mundo a ese Dios misericordioso. Que nos olvidemos del Dios que castiga, del Dios que da miedo, y entreguemos a los demás ese Dios que perdona por encima de todo. Pero claro, ¿cómo podemos hacerlo? Cómo les mostramos a los demás a ese Dios?.

Existía un monasterio que estaba ubicado en lo alto de la montaña. Sus monjes eran pobres, pero conservaban en una vitrina tres manuscritos antiguos muy piadosos. Vivían de su esforzado trabajo rural y fundamentalmente de las limosnas que les dejaban los fieles curiosos que se acercaba a conocer los tres rollos, únicos en el mundo. Eran viejos papiros con fama universal de importantes y profundos pensamientos.

En cierta oportunidad, un ladrón robó dos rollos y se fugó por la ladera. Los monjes avisaron con rapidez al abad. El superior, como un rayo, buscó la parte que había quedado y con todas sus fuerzas corrió tras el agresor y lo alcanzó: "¿Qué has hecho?. Me has dejado con un sólo rollo. No me sirve. Nadie va a venir a leer un mensaje que está incompleto. Tampoco tiene valor lo que me robaste. Me das lo que es del templo o te llevas también este texto. Así tienes la obra completa."

"Padre, estoy desesperado, necesito urgente hacer dinero con estos escritos santos".

El abad le dijo:

“Bueno, toma el tercer rollo, si no, se va a perder en el mundo algo muy valioso. Véndelo bien. Estamos en paz”. 

Los monjes no llegaron a comprender la actitud del abad. Estimaron que se había comportado débil con el ladrón, y que era el monasterio el que había perdido. Pero guardaron silencio, y todos dieron por terminado el episodio.

 Cuenta la historia que después de una semana, el ladrón regresó. Pidió hablar con el Padre Superior:

"Aquí están los tres rollos, no son míos. Los devuelvo. Te pido, en cambio que me permitas ingresar como un monje. Cuando me alcanzaste, todo me esperaba, menos que tuvieras la generosidad como para darme el tercer rollo y la confianza en mí como para creer el valor de mi necesidad, y que todavía dijeras que estábamos en paz, perdonándome con mucha sinceridad. Eso me ha hecho cambiar. Mi vida se ha transformado".

Nunca ese hombre había sentido la grandeza del perdón, la presencia de tanta generosidad. El abad recuperó los tres manuscritos para beneficio del monasterio, ahora mucho más concurrido por la leyenda del robo y del resarcimiento. Y además consiguió un monje trabajador y de una honestidad a toda prueba.

Esta es la única forma de mostrar al mundo el Dios en el que creemos: haciendo nosotros lo mismo. Probemos a hacerlo, veremos cómo la imagen que los demás tienen de Dios cambia, pero sobre todo, también cambiará nuestra forma de ver a los demás.

FELIZ DOMINGO Y QUE DIOS OS BENDIGA.

domingo, 13 de septiembre de 2020

DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 18, 21-35

En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús:

--Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?

Jesús le contesta:

--No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

Y les propuso esta parábola:

--Se parece el Reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: "Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo".

El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: "Págame lo que me debes." El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: "Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré". Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido.

Entonces el señor lo llamó y le dijo: "¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?" Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.

HOMILÍA

Si dijéramos que el Evangelio de hoy nos habla de que debemos perdonar siempre a nuestro hermano, no diríamos ninguna mentira, pero sería una forma simplista de explicar la grandeza del mensaje que hoy el Señor nos propone.

Hoy el Señor, sin mencionarlo nos habla de una comunión de vida, de un tender puentes entre nuestras vidas, limitadas y con errores, y las vidas de los que están a nuestro alrededor. Hoy el Señor quiere que nos fijemos en nuestros fallos, en nuestros errores, para no ser jueces injustos de aquellos que nos pueden hacer algún mal.

Se cuenta que, en una oportunidad, dos hermanos que vivían en fincas vecinas, separadas solamente por un pequeño arroyo, entraron en conflicto.
Fue la primera gran desavenencia en toda una vida trabajando lado a lado, repartiendo las herramientas y cuidando uno del otro.
Durante muchos años recorrieron un camino estrecho y muy largo que acompañaba la orilla del arroyo para, al final de cada día, poder cruzarlo y disfrutar la compañía del otro. A pesar del cansancio, hacían la caminata con placer, pues se amaban.
Pero ahora todo había cambiado. Lo que había empezado con un pequeño mal entendido finalmente explotó en un intercambio de palabras ásperas, seguidas por semanas de total silencio.

Una determinada mañana, el hermano mayor oyó que golpeaban a su puerta. Al abrir se paró ante un hombre que llevaba una caja de herramientas de carpintero en la mano.
- Estoy buscando trabajo, le dijo. Quizá usted tenga algo para hacer, por pequeño que sea.
- ¡Sí!- le dijo el campesino- claro que tengo trabajo para ti. ¿Ves aquellos campos más allá del arroyo? Son de mi vecino. En realidad, mi hermano menor. ¡Nos peleamos y no puedo soportarlo más! ¿Ves aquella pila de madera cerca del granero? Quiero que construyas una cerca bien alta a lo largo del arroyo para que no tenga que verlo más.
- Creo que entiendo la situación, dijo el carpintero. Muéstreme donde está la pala, el martillo y los clavos que con seguridad haré un trabajo que lo dejará satisfecho.
Como necesitaba ir hasta el pueblo cercano, el hermano mayor mostró al carpintero donde estaba el material y se marchó.
El hombre trabajó arduamente durante todo el día, midiendo, cortando y martillando. Ya anochecía cuando terminó su obra.
El campesino regresó de su viaje y sus ojos no podían creer lo que estaba viendo. ¡No había ninguna cerca!
En vez de la cerca había un puente que unía las dos orillas del arroyo. Era realmente un hermoso trabajo, pero el campesino se enfureció y le dijo:
- Tú eres muy atrevido construyendo ese puente después de todo lo que te conté.
Sin embargo, las sorpresas no habían terminado aún. Al mirar otra vez hacia el puente, vio al hermano aproximándose de la otra orilla, corriendo con los brazos abiertos. Por un instante permaneció inmóvil. Pero, de repente, en un único impulso, corrió hacia su hermano y se abrazaron llorando en el medio del puente.
El carpintero estaba marchándose con su caja de herramientas cuando el hermano que lo contrató le pidió emocionado: "¡Espera! Quédate con nosotros algunos días más". Pero el carpintero le contestó: "me gustaría mucho quedarme, pero, lamentablemente, tengo muchos otros puentes para construir."

El Señor no habla sólo de perdonar, habla de que el hermano con el que no hablamos, con el que estamos enfadados, la mayoría de la veces con razones poderosas, es alguien que necesitamos en nuestra vida, que nos ayudará a crecer, y que si lo aislamos con el odio o con la indiferencia, perderemos una gran oportunidad para desarrollarnos como cristianos y como personas.

Perdonemos, “hasta setenta veces siete”, tendamos puentes, abramos nuestro corazón, porque todos, hasta nosotros, necesitamos una segunda oportunidad para poder dar todo lo que llevamos en nuestro interior.

FELIZ DOMINGO Y QUE DIOS OS BENDIGA. 

domingo, 6 de septiembre de 2020

DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDIANRIO

 

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 18, 15-20

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

--Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.

HOMILÍA

El poeta Coleridge recibió un día la visita de un admirador.

Cuentan que en el transcurso de la conversación, surgió el tema de la niñez y la educación:

- "Creo", afirmó con rotundidad el visitante, "que debe dejarse a los niños total libertad para que piensen y actúen desde que son muy pequeños y que puedan tomar sus propias decisiones sin que nosotros intervengamos. Sólo así podrán desarrollar al máximo toda su potencialidad."

- "Ven a ver mi jardín de rosas", le dijo Coleridge, acompañando a su admirador hasta el jardín.

Al verlo, el visitante exclamó:

- "¡Pero esto no es un jardín... esto es un patio lleno de maleza!"

- "Solía estar lleno de rosas", dijo el poeta, "pero este año decidí dejar a las plantas de mi jardín en total libertad de crecer a sus anchas sin atenderlas. Y este es el resultado."

Seguro que habéis escuchado esta frase, e incluso la habéis dicho alguna que otra vez, “yo no me meto en la vida de nadie, porque bastante tengo yo con la mía”. Y es verdad, que para qué nos vamos a meter en lo que cada uno hace, si somos libres de hacer lo que queramos, porqué no vamos a dejar que los demás lo hagan.

Por eso yo les diría a todos los padres, ¿por qué os metéis en la vida de vuestros hijos? Dejad que hagan lo que quieran, dejadlos libres para que hagan lo que les apetezca.

Más de uno estará pensando, “pero es que no es lo mismo, lo que hagan los demás y lo que hagan mis hijos o mis seres queridos. Yo los quiero y por eso me importa lo que hacen”. Y ¿qué sucede? ¿Que a los demás no los queremos? ¿que de aquellos que no son de los nuestros no nos preocupamos?. Para un cristiano ese razonamiento no es válido, porque todos los que nos encontramos en nuestra vida son parte de nosotros, son algo  nuestro.

Por eso el reprender al que tenemos al lado y se ha equivocado es una obligación, no porque nos queramos meter en su vida, sino porque lo queremos y nos importa lo que haga. San Pablo decía en la segunda lectura que todos los mandamientos, toda la ley del cristiano se resume en amar, y amando, nunca podremos hacerle daño a nadie. Por eso preocuparnos de los demás y corregirlos, siempre con amor, no es entrometernos en su vida, es amarlos un poquito más, como Dios hace con nosotros.

Que no nos desentendamos de  los demás, que los consideremos como algo nuestro, simplemente porque los amemos, como Dios nos ama a nosotros y le preocupa lo que hacemos.

FELIZ DOMIGO Y QUE DIOS OS BENDIGA.

domingo, 30 de agosto de 2020

DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO

 

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 16- 21- 27

En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los senadores, sumos sacerdotes y letrados, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo:

-- ¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.

Jesús se volvió y dijo a Pedro:

-- Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios.

Entonces dijo Jesús a sus discípulos:

-- El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del Hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.

 

HOMILÍA

Qué manía tiene el Señor con hacernos sufrir, ¿cómo nos pide que nos neguemos a nosotros mismos?, ¿es que tengo que despreciarme a mí mismo para seguirlo?. Creo que no es eso lo que quiere decirnos en el Evangelio. Con un ejemplo lo explico mejor.

Para dejar claro un punto utilizó un ejemplo que los profesionales jamás olvidarán. Parado frente el auditorio lleno de gente dijo:
- Quisiera hacerles un pequeño examen…
De debajo de la mesa sacó un jarro de vidrio, de boca ancha, y lo puso sobre la mesa frente a él. Luego sacó una docena de rocas del tamaño de un puño y empezó a colocarlas una por una en el jarro. Cuando el jarro estaba lleno hasta el tope y no podía colocar más piedras, preguntó al auditorio:
- ¿Está lleno este jarro?
Todos los asistentes dijeron:
- Sí. Entonces dijo:
- ¿Están seguros?
Y sacó de debajo de la mesa un balde con piedras pequeñas de construcción. Echó un poco de las piedras en el jarro y lo movió haciendo que las piedras pequeñas se acomodasen en espacio vacío entre las grandes. Cuando hubo hecho esto, preguntó una vez más:
-¿Está lleno este jarro?
Esta vez el auditorio ya suponía lo que vendría y uno de los asistentes dijo en voz alta:
- Probablemente no.
-Muy bien. Contestó el expositor.
Sacó de debajo de la mesa un balde lleno de arena y empezó a echarlo en el jarro. La arena se acomodó en el espacio entre las piedras grandes y las pequeñas: Una vez más preguntó al grupo.
- ¿Está lleno este jarro?
Esta vez varias personas respondieron a coro:
-¡No!
Una vez más el expositor dijo:
- ¡Muy bien!
Luego sacó una jarra llena de agua y echo agua al jarro hasta que estuvo lleno hasta el mismo borde. Cuando terminó, miró al auditorio y preguntó:
- ¿ Cuál creen que es la enseñanza de esta pequeña demostración?
Uno de los espectadores levantó la mano y dijo: – La enseñanza es que no importa lo lleno que esté tu horario. Si de verdad lo intentas, siempre podrás hacer más cosas.
- ¡No!, esa no es la enseñanza. La verdad que esta demostración nos enseña es lo siguiente: Si no pones las piedras grandes primero, no podrás ponerlas en ningún otro momento.

Eso es precisamente lo que significa negarse a sí mismo, tomar la cruz y seguir a Cristo. Si no lo colocamos en primer lugar, si somos nosotros los primeros en nuestra vida, luego no habrá lugar para Dios. Pero si somos capaces de colocarlo a Él antes, entonces todo tendrá cabida. Porque si para nosotros lo primero es Dios, no podremos olvidar a nuestros seres queridos, si para nosotros lo primero es Dios siempre estaremos dispuestos a ayudar al que nos lo pida, porque Dios estará en él.

Que seamos capaces de poner a Dios como lo primero en nuestra vida, porque así todo lo demás será importante para nosotros, porque será importante para Dios.

FELIZ DOMINGO Y QUE DIOS OS BENDIGA.

domingo, 23 de agosto de 2020

DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDIANRIO

 

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 16, 13- 20

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos:

«¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?».

Ellos contestaron:

«Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas».

Él les preguntó:

«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».

Simón Pedro tomó la palabra y dijo:

«Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».

Jesús le respondió:

«¡ Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está los cielos.

Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.

Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».

Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.

 

HOMILÍA

Había una vez, algún lugar que podría ser cualquier lugar, y en un tiempo que podría ser cualquier tiempo, un hermoso jardín, con manzanos, naranjos, perales y bellísimos rosales, todos ellos felices y satisfechos. Todo era alegría en el jardín, excepto por un árbol profundamente triste. El pobre tenía un problema: No sabía quién era.

- “Lo que te falta es concentración", le decía el manzano. "Si realmente lo intentas, podrás tener sabrosas manzanas. ¿Ves qué fácil es?”

- “No lo escuches", exigía el rosal, "es más sencillo tener rosas y ¿ves qué bellas son?”

Y el árbol desesperado intentaba todo lo que le sugerían y, como no lograba ser como los demás, se sentía cada vez más frustrado.

Un día llegó hasta el jardín el búho, la más sabia de las aves, y al ver la desesperación del árbol, exclamó:

- “No te preocupes, tu problema no es tan grave. Es el mismo de muchísimos seres sobre la tierra. Yo te daré la solución: no dediques tu vida a ser como los demás quieran que seas... sé tú mismo, conócete y, para lograrlo, escucha tu voz interior.” Y, dicho esto, el búho desapareció.

- “¿Mi voz interior...? ¿Ser yo mismo...? ¿Conocerme...?”, se preguntaba el árbol desesperado, cuando, de pronto, comprendió...

Y cerrando los ojos y los oídos, abrió el corazón, y por fin pudo escuchar su voz interior diciéndole:

- “Tú jamás darás manzanas porque no eres un manzano, ni florecerás cada primavera porque no eres un rosal. Eres un roble y tu destino es crecer grande y majestuoso, dar cobijo a las aves, sombra a los viajeros, belleza al paisaje... Tienes una misión: cúmplela.”

Y el árbol se sintió fuerte y seguro de sí mismo y se dispuso a ser todo aquello para lo cual estaba destinado.

Así, pronto llenó su espacio y fue admirado y respetado por todos. Y sólo entonces el jardín fue completamente feliz.

Está claro que Jesús no necesitaba saber que decían de él, ni siquiera lo que nosotros pensamos de él porque Jesús sabía perfectamente cuál era su misión, pero sí sabía que la respuesta a esa pregunta nos hace a nosotros saber lo que somos, como le pasó a Pedro. Sólo si somos capaces de responder a la pregunta de quién es Cristo para mí, desde el corazón y con sinceridad, podremos saber lo que somos y cuál es nuestra misión en la vida.

Si para nosotros Cristo es una persona excepcional, con unas grandes enseñanzas, pero no entra en nuestra vida como el Salvador, no dejará de ser un personaje histórico que no tendrá nada que ver con nosotros. Pero si lo confesamos como nuestro salvador, como la luz que guía nuestra vida, como el que murió y resucitó por nosotros, entonces y sólo entonces nuestra vida no puede ser igual que la del que no cree en el.

Confesar a Jesús como Mesías, hizo que Pedro tuviera la misión de ser Piedra y fundamento de la Iglesia. Confesarlo nosotros, nos da la misión de ser piedras vivas dentro de este mundo que necesita de personas comprometidas para ir sembrando paz y esperanza. Cada uno a su manera, porque no todos somos iguales ni tenemos la misma misión. Pero eso sólo lo podremos hacer si de verdad Jesús entra en nuestro corazón y lo trasforma.

FELIZ DOMINGO Y QUE DIOS OS BENDIGA.