domingo, 20 de mayo de 2018

SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS


LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 20, 19-23

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

--Paz a vosotros

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

-- Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.

Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:

-- Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.



HOMILÍA

Celebramos la fiesta de Pentecostés. Hoy hace cincuenta día que estábamos celebrando la Resurrección del Señor. Hoy recordamos cómo Dios envió su Espíritu sobre los apóstoles, y como lo sigue enviando sobre todos nosotros. Pero ¿cuál es la labor del Espíritu Santo?. ¿Cómo actúa?.

Hace ya algún tiempo un hombre castigó a su pequeña hija de tres años por desperdiciar un rollo de papel dorado para envolver. El dinero le era escaso en esos días, por lo que explotó en furia cuando vio a la niña tratando de envolver una caja.

A la mañana siguiente, la niña regaló a su padre la caja envuelta y le dijo: “Esto es para ti, papá”. Él se sintió avergonzado, pero cuando abrió la caja y la encontró vacía, otra vez gritó con ira: “¿acaso no sabes que cuando se le da un regalo a alguien se supone que tiene que haber algo dentro?”

La pequeña miró a su padre y con lágrimas en los ojos dijo: “¡Oh, papá, no está vacía! Yo soplé un montón de besos dentro de esa caja y todos son para ti”.

El padre se sintió morir, rodeó con sus brazos el pequeño cuerpo de su hija y le suplicó que lo perdonara.

Dicen que el hombre guardó esa caja dorada cerca de su cama por años y que siempre que se sentía derrumbado, tomaba de ella un beso y recordaba el amor que su hija había depositó ahí.

Hay cosas en la vida, que no se ven, pero que están ahí y que nos hacen salir adelante, y alegrarnos en los momentos difíciles. Ese es el Espíritu Santo. Es esa presencia de Dios que aunque no se ve, se nota, se siente y hace que vivamos nuestras vidas desde la voluntad de Dios, con la alegría de saber que siempre estamos acompañados, que siempre tenemos al espíritu con nosotros.

FELIZ DOMINGO Y FELIZ SEMANA. QUE DIOS OS BENDIGA.

domingo, 13 de mayo de 2018

SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR


LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS 16, 15-20

En aquel tiempo se apareció Jesús a los Once y les dijo:

-- Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos, y si beben un veneno mortal no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos y quedarán sanos

Después de hablarles, el Señor Jesús, ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba la Palabra con los signos que los acompañaban.

HOMILÍA

Cuentan que tras la muerte de un hombre rico, se dio lugar a la lectura del testamento. En medio de la formalidad del acto, estaban presentes los hijos e hijas del difunto; y junto a ellos, los nietos, nietas, sobrinos, sobrinas y otros familiares cercanos. Todos expectantes y esperanzados en que pudieran tener algún grado de participación en la inmensa fortuna que estaba a punto de ser distribuida.

El juez, mirando a los herederos por encima las gafas, comenzó la lectura del testamento: “En uso de mis facultades mentales y cumpliendo con los requisitos que pide la ley, procedo a determinar mi voluntad sobre el destino de mis posesiones. En primer lugar, quiero que las tierras de la Hacienda La Ponderosa, incluyendo la casa, el ganado y todos los bienes que hay en ella, se destinen a la comunidad de hermanas de la residencia de Las Misericordias, de mi pueblo natal”. Inmediatamente, hubo un cuchicheo nervioso entre los presentes... Pero todavía había más, de modo que el juez continuó su lectura: “En segundo lugar, quiero que las casas que poseo y los apartamentos que tengo, sean destinados al Hogar para niños huérfanos que funciona bajo la dirección de la parroquia de mi pueblo”. El alboroto esta vez fue más sonoro y la cara de sorpresa de los asistentes fue mayor... Y continuó la lectura del testamento: “En tercer lugar, quiero que todo el dinero que tengo en mis cuentas corrientes y de ahorros, junto con las acciones que están a mi nombre en distintos bancos y empresas, sea entregado a la Clínica del niño quemado, que dirigen las Hermanitas de los desamparados”. Esta vez la reacción de los familiares del difunto fue impresionante... Sin embargo, el silencio se apoderó de todos cuando el juez continuó su lectura pausada y firme: “Por último, a mis hijos e hijas, a mis nietos y nietas, a mis sobrinos y sobrinas, y a todos mis herederos directos o indirectos, les dejo una recomendación que estoy seguro, los ayudará a salir de su precaria situación económica. Sólo les recomiendo una cosa: ¡Que trabajen!” Y así terminó el solemne acto.

Hoy domingo de la Ascensión, el Señor nos dejó su testamento antes de subir al cielo, y nos dejó precisamente lo mismo que el difunto a sus hijos: Que trabajemos.

Los cristianos nos pasamos la vida mirando al cielo, esperando ver algún día al Señor, cuando no nos damos cuenta de que el Señor está en medio de nosotros, en la vida del hermano que pasa necesidad, en aquel al que le hemos quitado el saludo, en aquellos que viven solos.

Este es nuestro trabajo, y es lo que nos pide el Señor. Que seamos capaces de llevar a término lo que Señor nos pide, que trabajemos por hacer de este mundo un mundo más cristiano.

FELIZ DOMINGO Y QUE DIOS OS BENDIGA.

domingo, 6 de mayo de 2018

DOMINGO VI DE PASCUA


LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 15, 9- 17

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:

-- Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido; y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros.

HOMILÍA

El 10 de octubre de 1982, en la gran plaza de san Pedro de Roma, el papa Juan Pablo II canonizó a un paisano suyo: Maximiliano Kolbe, sacerdote franciscano, nacido el 8 de enero de 1894 en la ciudad de Zdunska Wola. Estuvo presente en este acto un testigo excepcional: Franciszek Gajowniczek, un polaco ya anciano que, cuarenta y un años antes, había salvado su vida en el campo de concentración de Auschwitz, gracias al heroico gesto del nuevo santo.

Este hombre cuenta así su experiencia de aquel verano de 1941: “Yo era un veterano en el campo de Auschwitz; tenía en mi brazo tatuado el número de inscripción: 5659. Una noche, al pasar los guardianes lista, uno de nuestros compañeros no respondió cuando leyeron su nombre. Se dio al punto la alarma: los oficiales del campo desplegaron todos los dispositivos de seguridad; salieron patrullas por los alrededores. Aquella noche nos fuimos angustiados a nuestros barracones. Los dos mil internados en nuestro pabellón sabíamos que nuestra alternativa era bien trágica; si no lograban dar con el escapado, acabarían con diez de nosotros. A la mañana siguiente nos hicieron formar a todos los dos mil y nos tuvieron en posición de firmes desde las primeras horas hasta el mediodía. Nuestros cuerpos estaban debilitados al máximo por el trabajo y la escasísima alimentación. Muchos del grupo caían exánimes bajo aquel sol implacable. Hacia las tres nos dieron algo de comer y volvimos a la posición de firmes hasta la noche. El coronel Fritsch volvió a pasar lista y anunció que diez de nosotros seríamos ajusticiados”.

A la mañana siguiente, Franciszek Gajowniczek fue uno de los diez elegidos por el coronel de la SS para ser ajusticiados en represalia por el escapado. Cuando Franciszek salió de su fila, después de haber sido señalado por el coronel, musitó estas palabras: “Pobre esposa mía; pobres hijos míos”. El P. Maximiliano estaba cerca y oyó estas palabras. Enseguida, dio un paso adelante y le dijo al coronel: “Soy un sacerdote católico polaco, estoy ya viejo. Querría ocupar el puesto de ese hombre que tiene esposa e hijos”. Su ofrecimiento fue aceptado por el oficial nazi y Maximiliano Kolbe, que tenía entonces 47 años, fue condenado, junto con otros nueve prisioneros, a morir de hambre. Tres semanas después, el único prisionero que seguía vivo era el P. Kolbe, de modo que le fue aplicada una inyección letal que terminó definitivamente con su vida. Maximiliano Kolbe había vivido su ministerio pastoral en Polonia y Japón, donde había pasado cinco años como misionero. Con este gesto sellaba una vida de entrega permanente.

¿Qué tenía de especial Maximiliano Kolbe para poder hacer lo que hizo? Nada. Simplemente en el momento en el que se le pidió dar la vida por los demás lo hizo.

Nosotros estamos hechos de la misma pasta, y lo único que nos pide el Señor es que cuando se nos presente la ocasión de amar lo hagamos. Porque cada día se nos presentan miles de ocasiones para dar nuestra vida por los demás, quizá no nos haga falta morir pero si dar un trocito de la vida perdonando, amando a los que se sienten solos, dejándonos de pequeñas rencillas, impidiendo que el dinero nos separe, etc…

Que seamos cristianos de verdad porque cumplamos el único precepto que nos dejó Jesús: “amarnos los unos a los otros como él lo hizo”.

FELIZ DOMINGO Y QUE DIOS OS BENDIGA.

domingo, 29 de abril de 2018

DOMINGO V DE PASCUA


LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 15, 1-8

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:

-- Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo poda para que dé más fruto. Vosotros estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí, lo tiran fuera, como al sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que deseéis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos.

HOMILÍA

La anciana que vivía en una granja observó que su gallo cantaba siempre a la misma hora, minutos antes de comenzar el día; pensó entonces que era el canto de su gallo el que producía la salida del sol.

Los vecinos molestos por el canto, protestaron. La anciana decidió entonces irse a vivir a otro pueblo llevándose el gallo.

La primera madrugada en su nuevo hogar fue igual que siempre: el gallo cantó y el sol comenzó a elevarse sobre el horizonte. Poco a poco la claridad invadió el lugar.

La mujer pensó:

- "Lo lamento por la gente del otro pueblo a quienes dejé a oscuras para siempre".

Le extrañó que nunca la hubieran llamado para que regresara.

El pensamiento de la anciana parece de broma y sin embargo es tan real, ya que nosotros mismos lo hacemos real porque pensamos como ella cuando creemos que por nuestras propias fuerzas somos capaces de amar al que nos ha hecho daño, de perdonar una ofensa, de tener misericordia con los demás, de socorrer sin beneficio alguno al que lo necesita.

Todo eso lo podemos hacer sólo si hemos sido amados primero, si permanecemos en el que es todo amor, en el que nos da la fuerza necesaria para hacerlo.

Por eso el Señor repite hasta ocho veces la palabra permanecer, porque solo en Dios y por Dios podemos vivir como auténticos cristianos. Si fuera por nuestras propias fuerzas siempre lo podríamos hacer, y sabemos perfectamente que no es así.

Permanezcamos en el Señor y dejemos que él sea nuestra fuerza y sobre todo nuestro amor.

FELIZ DOMINGO Y QUE DIOS OS BENDIGA.

domingo, 22 de abril de 2018

DOMINGO IV DE PASCUA


LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 10, 11-18

En aquel tiempo, dijo Jesús:

«Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo las roba y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas.

Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas.

Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor.

Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre».



HOMILÍA



En un día caluroso de verano en el sur de la Florida un niño decidió ir a nadar en la laguna detrás de su casa. Salió corriendo por la puerta trasera, se tiró en el agua y nadaba feliz. No se daba cuenta de que un cocodrilo se le acercaba Su mama desde la casa miraba por la ventana, y vio con horror lo que sucedía.
Enseguida corrió hacia su hijo gritándole lo más fuerte que podía.
Oyéndole, el niño se alarmo y miro nadando hacia su mamá. Pero fue demasiado tarde.
Desde el muelle la mamá agarró al niño por sus brazos justo cuando el caimán le agarraba sus piernitas. La mujer jalaba determinada, con toda la fuerza de su corazón. El cocodrilo era más fuerte, pero la mamá era mucho más apasionada y su amor no la abandonaba. Un señor que escuchó los gritos se apresuró hacia el lugar con una pistola y mato al cocodrilo. El niño sobrevivió y, aunque sus piernas sufrieron bastante, aún pudo llegar a caminar.
Cuando salió del trauma, un periodista le pregunto al niño si le quería enseñar las cicatrices de sus pies.
El niño levantó la colcha y se las mostró. Pero entonces, con gran orgullo se remango las mangas y señalando hacia las cicatrices en sus brazos le dijo: "Pero las que usted debe ver son estas". Eran las marcas de las uñas de su mama que habían presionado con fuerza. "Las tengo porque mamá no me soltó y me salvo la vida"



Yo soy el buen Pastor y doy mi vida por las ovejas. Eso es lo que hoy el Señor nos recuerda a cada uno de nosotros. No nos deja a nuestra suerte, no nos abandona. Cuida de cada uno de nosotros, y nos regala cada día la vida para que también nosotros demos vida.



Y sin embargo tantas veces se nos olvida, y vivimos como si Dios no hubiera hecho nada por nosotros. Los cristianos tenemos la gran suerte de tener a nuestro Pastor siempre a nuestro lado, para sufrir con nosotros, para alegrase con nosotros, pero sobre todo para nunca soltarnos, para llevarnos siempre de la mano, y para darnos su fuerza en cada momento.



No olvidemos nunca que el dio su vida por nosotros, y hagamos nosotros lo mismo.



FELIZ DOMINGO Y QUE DIOS OS BENDIGA.

domingo, 15 de abril de 2018

DOMINGO III DE PASCUA


LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 23, 35-48

En aquel tiempo contaban los discípulos lo que les había acontecido en el camino y como reconocieron a Jesús en el partir el pan. Mientras hablaba; se presentó Jesús en medio de sus discípulos y les dijo:

-- Paz a vosotros.

Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. El les dijo:

--¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo.

Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo:

--¿Tenéis ahí algo que comer?

Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos. Y les dijo:

--Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse.

Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y añadió:

--Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto.



HOMILÍA



En un hospital una hermana había curado con infinita ternura a un paciente totalmente incrédulo. Nunca le pudo hablar de Dios ni de Jesucristo. Cuando le dieron de alta, este hombre le dijo a la religiosa: "Hermana, usted no me habló de Dios, pero hizo mucho más: me lo hizo ver".



Vivimos en mundo saturado de palabras, de discursos vacios que se quedan en humo, en nada. Hoy, este mundo nos pide algo más que palabras, nos pide que al igual que Jesús se apareció a sus discípulos después de resucitar, porque las palabras se les habían olvidado, nosotros mostremos en nuestra vida al resucitado, a aquel que nos da la vida, a aquel que sigue vivo entre nosotros.

Basta ya de discursos vacíos, de palabrerías baratas, hoy el mundo nos exige respuestas en forma de obras, en forma de vida.



Cuando Jesús se aparece a sus discípulos, no les habla, sólo les muestra sus manos y sus pies, las señales del sacrificio realizado por ellos, por nosotros. Les muestra las obras y les pide que sean testigos de esa vida entregada y de esa vida resucitada. Hoy nos pide a nosotros lo mismo, ser sus testigos, pero no con palabras, sino con nuestras obras, con nuestras manos entregadas, rotas por el necesitado, por el hermano que nos grita desde el borde del camino.



Que celebrar la resurrección de Jesús sea para nosotros un estímulo para hacer vida lo que celebramos, para vivir la resurrección en nuestras vidas, para dar vida a aquellos que lo necesitan.

FELIZ DOMINGO Y QUE DIOS OS BENDIGA.

viernes, 6 de abril de 2018

DOMINGO II DE PASCUA


LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 20, 19- 31

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

-- Paz a vosotros.

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

-- Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.

Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:

-- Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:

-- Hemos visto al Señor.

Pero él les contestó:

-- Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:

-- Paz a vosotros.

Luego dijo a Tomás:

-- Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.

Contestó Tomás:

-- ¡Señor Mío y Dios mío!

Jesús le dijo:

-- ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su Nombre.



HOMILÍA



Cuentan que el abad de un célebre monasterio fue a consultar a un famoso gurú en las montañas del Himalaya. El abad le contó al gurú que en otro tiempo, su monasterio había sido famoso en todo el mundo occidental; sus celdas estaban llenas de jóvenes novicios, y en su iglesia resonaba el armonioso canto de los monjes. Pero habían llegado malos tiempo: la gente ya no acudía al monasterio a alimentar su espíritu, la avalancha de jóvenes candidatos había cesado y la iglesia se hallaba silenciosa. Sólo quedaban unos pocos monjes que cumplían triste y rutinariamente sus obligaciones. Lo que el abad quería saber era lo siguiente: «¿Hemos cometido algún pecado para que el monasterio se vea en esta situación?»

«Sí», respondió el gurú, «un pecado de ignorancia». «¿Y qué pecado es ése?» Preguntó el abad. «Uno de ustedes es el Mesías disfrazado, y ustedes no lo saben». Y, dicho esto, el gurú cerró los ojos y volvió a su meditación. Durante el penoso viaje de regreso a su monasterio, el abad sentía cómo su corazón se debocaba al pensar que el Mesías, ¡el mismísimo Mesías!, había vuelto a la tierra y había ido a parar justamente a su monasterio. ¿Cómo no había sido él capaz de reconocerlo? ¿Y quién podría ser? ¿Acaso el hermano cocinero? ¿El hermano sacristán? ¿El hermano administrador? ¿O sería él, el hermano prior? ¡No, él no! Por desgracia, él tenía demasiados defectos... Pero resulta que el gurú había hablado de un Mesías «disfrazado». ¿No serían aquellos defectos parte de su disfraz? Bien mirado, todos en el monasterio tenían defectos, y uno de ellos tenía que ser el Mesías.

Cuando llegó al monasterio reunió a los monjes y les contó lo que había averiguado. Los monjes se miraban incrédulos unos a otros: ¿El Mesías... aquí? ¡Increíble! Claro que, si estaba disfrazado... entonces, tal vez... ¿Podría ser Fulano...? ¿o Mengano, o...? Una cosa era cierta: Si el Mesías estaba allí disfrazado, no era probable que pudieran reconocerlo. De modo que empezaron todos a tratarse con respeto y consideración. «Nunca se sabe», pensaba cada cual para sí cuando trataba con otro monje, «tal vez sea éste...». El resultado fue que el monasterio recobró su antiguo ambiente de gozo desbordante. Pronto volvieron a acudir docenas de candidatos pidiendo ser admitidos en la Orden, y en la iglesia volvió a escucharse el jubiloso canto de los monjes, radiantes del espíritu de Amor.



El tiempo de Pascua es el momento preciso para poder encontrar al resucitado en cada uno de los hermanos. Sólo así viviremos en plenitud la alegría de la resurrección, la alegría del encuentro con Jesús.

Hoy el Señor se nos vuelve a presentar con distintas formas y distintas caras y nos pide que lo reconozcamos, que lo tratemos como lo trataríamos si nos lo encontrásemos en persona.

Por eso vivir el espíritu de la resurrección es amar a todos los que se cruzan en nuestro camino, porque en ellos está el Señor.



FELIZ DOMINGO DE PASCUA Y QUE DIOS OS BENDIGA.